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jueves, 20 de marzo de 2014

Una mañana, 7:30 a.m.

Un mañana cualquiera, dos personas en la misma cama, durmiendo y sin ropa. 7:30am despierta la primera y mira a la segunda por largo rato sin que la otra persona pueda notarlo siquiera porque los sueños son su única realidad momentánea.

7:40am sigue despierta, pensando, pensando que las mentiras son una reverenda mierda. Se pregunta para si <¿Por qué me miente? ¿Será acaso que ya no me ama? ¿Será que ahora le gusta alguien más?> detiene sus pensamientos, para entonces ya está lo suficiente herida como pra seguir cavilando y cuestionando más pero ya no hay marcha atrás, está triste y confusa, recuerda que lleva días, meses, sintiéndose terriblemente sola y que la otra persona lo único que puede hacer es mentir y miente a mente fría que es igual a matar a sangre fría. Privando a otro ser.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Tortuga, intento decirte algo.

Tortuga, tengo algo que decirte. Es necesario que lo sepas aunque sé que ya lo sabes. Yo soy quién para recordártelo porque tú y yo sabemos que es la mayoría de las veces en mí en quien confías.

Tortuga abre los ojos y no apresures tu paso si realmente no estás segura. Lo que vemos engaña lo que andamos agota, mira bien el terreno y anda cuando sea prudente andar.

Tortuga evita sentirte triste, camina sin mirar atrás porque dime ¿Valdría llorar cuando la desesperación consume el alma? Estás sola, sola, sola pero aprendiste a llorar.

Tortuga, he escuchado lo que dices y lo leo dentro de mi mente "Quiero ir al bosque para volar y nunca jamás regresar. Un salto, sólo un salto al aire, es mi destino, debe ser el final" Tortuga a veces es mejor dejar de pensar.

Tortuga no confíes por muy real que te lo parezca porque has visto los detalles, has mirado incongruencias.

Tortuga no quiero que sonrías fingiendo que estás bien, tortuga quiero que sonrías cuando eso expidas por la piel.



lunes, 25 de junio de 2012

Elli Ateş

- Vengo a despedirme.
- ¿De verdad te irás del país?
- Sí
- ¿Por que?
- No puedo hacer más aquí
- ¿Y yo qué?
- Tú estarás bien, lo sabemos.
- Claro que no.
- Sólo vine para despedirme de ti. No hay rencores.
- No, no lo acepto.

Me acerqué lento a su cara para depositar en sus labios el último beso que sellaría para siempre el pacto que alguna vez hicimos. El pacto que ella destruyó dejándome a mí en el peor de los estados. Estaba por cerrar el círculo y marcharme, pero de nuevo, intenté hacerle ver que la amo, que la amé. Y en ése último intento, con la atmósfera densa y el silencio presente de repente para dejar ante mí sólo sus labios, perdí la razón, se me cayó el miedo y el orgullo, desapareció la ira y la confusión. Yo me iba y ella se quedaba con todos esos recuerdos que no cabían en mi maleta, yo se los dejaba junto con ése beso. Pero el bloque de hielo se partió, el crujido con eco me dejó en sordera, se me fue el habla y la respiración. Me quedó el corazón acelerado y las manos temblorosas por tantas emociones juntas. Ella se alejó por última vez, rechazando ése beso eterno que yo ofrecía con la guardia baja y el corazón en alto.

- No quiero
- Tengo que irme. Adiós.

Me fui y no tuve el valor de mirar atrás, mirarla sería encarcelarme otra vez. Caminé sin expresión, sin sentido y el llanto me acompañó hasta que se fue sin que yo me diera cuenta dejándome un vació interior. Fue el último intento, era el último beso, fue la última mirada, el último rechazo y desde hoy es con ella mi último dolor.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Caminando con Elvis

Estábamos en aquél bar de la Sidney Av. con su estilo campestre. Los murmullos de todos los que nos hallábamos concentrados se reducían por los altos graves y agudos de la rocola sesentera. La luces neón de varios colores me hacían pensar a ratos que estaba en la cabina de alguna nave extraterrestre y que los bailarines de la pista, con esos movimientos exóticos, eran aliens enfermos que convulsionaban con el sonido de la música. Como en Los Marcianos Atacan, temía que en cuestión de segundos cayera sobre mi tarro de cerveza el moco verde que vuela cuando les estalla el cerebro. 

Elvis, dentro del enorme cuadro, me miraba fijamente a los ojos y decía -Sácame de aquí, no lo soporto más. Pero yo no podía hacer nada.

Tú estabas frente a mi, tan guapo como siempre. Llevabas la chamarra del ejército, la misma sobre la que lloré hacía tres años antes de que te fueras a la guerra. Tu rostro cambió, te veías más duro y menos expresivo. No sonreías y te perdías dentro de la profundidad de tu vaso con hielo y Whiskey. Recordaba perfectamente cada una de las cartas que me habías enviado y con exactitud todo lo que contesté. Al principio decías que volverías y que después, podríamos estar juntos. En las últimas me robaste las esperanzas, conociste a alguien, Lily. 

Yo no supe qué hacer cuando recibí hace quince días tu carta después de meses sin saber de ti, escribiste claramente que volvías. Me sentía emocionada, feliz. Tal vez Lily, tu novia alemana y secretaria del coronel había pasado a la historia y regresabas a salvar nuestras promesas de amor.

Me saludaste con un beso en la mejilla y me contabas todo lo que habías pasado en el ejército. Pero estabas triste, preocupado, lo supe desde el primer momento en que te vi. De pronto, suspiraste y tomaste de un trago todo el contenido de tu vaso y casi, como planeado los Righteous Brothers comenzaron a cantar, a través de la luminosa rocola, Unchained Melody y presentí algo, sentí que mi espina dorsal se enderezó y conjuntamente recordé fragmentos de Ghost. Inesperadamente tomaste mi mano en ese momento y me llevaste a bailar. me abrazaste y recargué como antes mi cabeza sobre ti. Tenía ganas de llorar y no podía entenderlo, entonces te acercaste a mi oído y dijiste, con la suavidad de la seda - Nunca he dejado de amarte, todos los días que llevo sin ti han sido una muerte lenta que me apaga el corazón, lo hace lento. Guardo tu fotografía siempre en mi bolsillo izquierdo y al dormir, bajo la almohada. Y fui yo quien robó tu perfume, rocío siempre un poco en mi muñeca para sentir, al olerlo, que estás conmigo. Mentí, no siento ninguna atracción por Lily, nunca la he amado. Ella además se de ser la secretaria del coronel, es su esposa y una buena amiga. Te mentí, quería que me olvidaras. Pero me di cuenta, que yo nunca pude olvidarte, tu recuerdo se aferraba a mi carne y me rasgaba la piel todos los días cuando intentaba desprenderlo. Nunca olvidé tu voz, tus ojos o tus manos y lloraba, lloraba algunas noches anhelando tan solo un beso tuyo. Pero todo esto tengo que guardarlo y tu debes fingir que no escuchaste nada de esto porque no puedo quedarme. Debo volver a la guerra, mis tropas irán al frente, ahora soy sargento y de ésta, no sé si volveré. Tampoco quiero que me esperes porque tal vez ya soy ahora un fantasma.

No pude contenerme, de nuevo derramé lágrimas sobre tu chamarra, desdichada porque te ibas. Entonces tomaste mi cara para secarla con tus pulgares y me besaste con todo el amor que tenías y yo te besé con todo mi ser. Recargaste tu frente en la mía, me miraste tomando mi cara con tus dos manos y agregaste -Tengo que renunciar a ti porque te amo demasiado y yo no estoy seguro si volveré. Por favor no me esperes, no guardes esperanzas y continúa con tu vida, tengo que irme- me besaste de nuevo, caminaste a nuestra mesa y dejaste encima unos dólares. Yo quedé sola e inmóvil en la nave con luces de neón y extraterrestres bailando. Pude ver como cruzabas la puerta y sentí el vació, el efecto del alcohol me paralizó y todo ese humo de cigarrillo me mareaba. Regresé mi vista a Elvis, me acerqué a él y desprendí el cuadro tan rápido como pude. Lo coloqué bajo mi brazo y salí del lugar. En la calle oscura y sin ruido, con los oídos sordos y el frío calándome, caminé con Elvis, ambos, estábamos solos y le conté lo que pretendía hacer.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Lluvia

La mañana me miraba triste con un sol oculto entre nubes que anunciaban la prontitud de la lluvia. Los relieves del piso de la solitaria y callada estación del tren me mostraban paisajes imaginarios, que presentaban en mi cabeza los verdes campos Suizos. Los recuerdos de una tarde de verano en aquella casita azul y techo blanco regresaban a mi paladar el sabor de las frutillas que nacían en tremendas cantidades en los arbustos cercanos a la vena de río que pasaba por ahí. Todo era tan lejano, ahora no estaba más en aquél lugar. Esperaba el tren el que me llevaba de vuelta a otro sitio. 

Las vías sin fin, viejas, oxidadas y marchitas como mi propio espíritu desvanecido en la multitud de partículas que rondan eternamente, mencionaban que aún estaba aquí, existía.

Pero mi camino ya no era claro y nada podría despertarme si yo regresaba. Tomé un cigarrillo maltratado que saqué de uno de los bolsillos de mi vieja chamarra. Tragué el humo y me levanté del asiento. 

Caminé lento dejando atrás, en ese asiento de aquella estación, la única y pequeña maleta que contenía apenas ropa, el boleto y el tren que silbaba, chillando que en cinco segundos quedaba estático.

Inicie lo que me quedaba de vida con un cigarro encendido, mi billetera y el cuadernillo de vivencias que jamás me abandonará. La lluvia cayó de repente fría y reavivante, mojándome en gran parte.